lunes, 13 de junio de 2011

PARA QUÉ GOBERNAR (I)


       Por Alfonso Ríos Larrain


          Algo revuelta estuvo la política chilena en las tres últimas semanas, dos de las cuales coincidieron con el periplo familiar del Presidente Piñera por Francia e Italia. Poco se habrá "desconectado" con tanto jaleo, pero hizo bien al viajar acompañado de su mujer, de sus hijos y algunos nietos. Un buen amigo de mi padre recomendaba viajar siempre con una mujer... aunque sea la propia. Sabio consejo que he procurado cumplir a cabalidad, pero sin olvidar la otra experiencia de un amigo norteamericano que luego de dos meses viajando con su esposa, le confesó abrumado: "This togetherness is killing me".

          Yo también anduve por Europa y, consecuente con mis principios, acompañado por mi mujer. Fueron tres semanas, dos de las cuales coincidieron con el viaje presidencial. Durante esos días -Piñera también lo sabe- Chile fue noticia permanente en los medios de prensa europeos. El 21 de mayo, en París, ví por televisión la violencia de cafres que bajo el pretexto de reclamar contra HidroAysén, agredieron a infantes de marina que desfilaban en el Día de las Glorias Navales. Lo anterior, mientras el Presidente rendía su cuenta anual ante el Congreso Pleno. En Moscú, supe de la recepción ofrecida por el vicepresidente Hinzpeter a parlamentarios opositores, con la primicia del proyecto que regula las uniones civiles fuera del matrimonio y entre personas del mismo sexo, también llamado "Acuerdo de Vida en Común" (AVC), solicitándoles apoyo. La misma información aludía al malestar de parlamentarios oficialistas con Hinzpeter por excluirlos de la convocatoria. Dos días después, en San Petersburgo, leí la carta pública suscrita por 35 diputados UDI criticando la falta de conducción política del actual gobierno, junto a los dichos, explicaciones y recriminaciones que originó tal misiva. De vuelta en París, me enteré de la última encuesta Adimark (mayo 2011), con altos grados de rechazo al gobierno y oposición. En Madrid, última escala de mi viaje, los diarios referían las urgentes reuniones de Piñera con el Comité Político, ministros y algunos parlamentarios, el mismo día que aterrizó en Santiago; sus instrucciones de revisar el proyecto AVC, reparos a los titulares de Interior y Salud, prohibición a sus ministros de usar Facebook y Twitter, y sus fervientes llamados a trabajar con "espíritu de alianza", mejorar la calidad de la política y buscar acuerdos. Ya en el aeropuerto de Barajas, minutos antes de embarcarme a Santiago, un diario español informaba las "tomas" de varios liceos y recintos universitarios, con la foto del ministro Lavín eludiendo a una chusma enfurecida. En fin, no tuve necesidad de entrar a Internet para enterarme de los acontecimientos políticos en nuestro país: la televisión y los diarios franceses, rusos y españoles me mantuvieron puntualmente al día.

          Salvo la agresión física a los marinos -hecho inédito en nuestra vida republicana- y la recriminatoria carta de los diputados UDI -cuya intención y oportunidad comparto, según explicaré más adelante- esas noticias sólo reflejan los vaivenes de una democracia en permanente ebullición. Tampoco me preocupan las encuestas. De muestra, el caso de Barak Obama: antes de matar a Bin Laden, 30% de apoyo; muerto, 70%. Pero  los Estados  Unidos de América permanecen en el mismo letargo económico y social que tenían antes de la exitosa misión que dio muerte al terrorista más buscado de su historia y, según parece, Obama puede reelegirse. Por este lado, Piñera preside un país que crece al 6% anual, genera casi medio millón de empleos en su primer año de gobierno, es económica e institucionalmente estable y proyecta una imagen internacional de solvencia y seriedad que sorprende, incluso, a los propios chilenos. Sin embargo, una seguidilla de errores infantiles (Barrancones, ANFP, Magallanes, Van Rysselbergue y varios auto goles) tienen a Piñera en un magro 36%. Y para qué hablar de Bachelet. Recuerdo un minucioso balance de los cuatro gobiernos de la Concertación que hizo Sergio Melnick en el diario "La Segunda" a fines de 2009. En todos los ítem analizados por Melnick, uno a uno, el peor evaluado -¡y lejos!- fue el de Michelle Bachelet... pero ella sostiene inamovible un 75% de respaldo y la triple condición de político más popular, con mejor encuesta y la única opción real de la izquierda para volver a La Moneda  ¡Así de irreflexivo es el apoyo ciudadano!

          Entonces, ¿para qué gobernar? ¿Qué motiva el interés en liderar mayorías tan efímeras como superficiales? La respuesta no es fácil, pero intentaré responderla basado en la afirmación que cierra el párrafo anterior: el apoyo ciudadano, además de irreflexivo, es volatil. Los afectos cambian con  la velocidad del rayo, a veces  por azar, por algún hecho casual, aleatorio o impensado que los traslada a distintas posiciones; otras, por un acto voluntario, facultativo u opcional que atrae circunstancialmente a la mayoría, aunque no le signifique provechos de largo plazo; pero también a veces, por una reflexión individual o colectiva basada en la razón, en el discernimiento y en la convicción más profunda  de que nuestras premisas son las correctas y nuestros valores, los mejores. Es lo que abordaré en mi próximo blog.   ARL

viernes, 10 de junio de 2011

LA MEMORIA DE LOS RUSOS

     Por Alfonso Ríos Larrain
         
           Estuve ocho días en Moscú y San Petersburgo integrando una delegación invitada por una empresa estatal rusa que procura extender sus negocios en Latinoamérica. El exigido programa de trabajo no impidió que recorriéramos ambas ciudades con visitas a iglesias, palacios y museos, conversar con la gente y conocer algo más de la Rusia postsoviética. Todo lo anterior, espléndidamente agasajados por la cordialidad y simpatía de nuestros anfitriones.

          Rusia es un país de acentuadas contradicciones: historia milenaria pero incipiente libertad;  ricas tradiciones culturales pero inquietantes  grados de corrupción y delincuencia; expresiones de grandeza y refinamiento tan exhuberantes como notorias evidencias de precariedad social. Sin embargo, esta Rusia de extremos -tantas veces heroica y avasallada, mansa y atrevida, rica y también pobre- tiene una marca distintiva que la enaltece: su buena memoria; una retentiva histórica que no esconde el pasado, que lo acepta y digiere sin manipularlo. Para los rusos, Iván el Terrible es el gran reformador que reconstruyó Moscú, anexó territorios, impulsó las artes y las letras, edificó la Catedral de San Basilio y héroe de mil batallas; pero, al mismo tiempo, no ocultan su condición de gobernante déspota, fanático religioso, tirano delirante y psicópata, dispuesto a reconocer que sobrepasó todos los límites morales: "bestial y corrompido he ensuciado mi alma", confesó públicamente. Pedro I sigue siendo El Grande, el fundador de San Petersburgo, brillante modernizador, conquistador  y guerrero indomable, pero no silencian que al crear también destruyó, causando daños irreparables a quienes le rodeaban. Lo mismo ocurre con las Catalinas, los Alejandro, los  Nicolás y con otros  zares y zarinas Romanov, gobernantes rusos durante más de tres siglos.  El cuerpo embalsamado de Lenin está en el mismo mausoleo desde 1924  y es visitado diariamente por cientos de turistas, mientras sus estatuas y las de Stalin, menos profusas que en la época soviética, permanecen en lugares públicos y sus rostros decoran objetos que se venden como souvenirs.

          Algunos dirán que lo anterior obedece a cierto "fatalismo" inherente en los rusos, una suerte de pragmatismo melancólico que aceptaría cualquier hecho como inevitable. Yo, que no me enredo en macroanálisis psicológicos de países, civilizaciones o culturas, lo atribuyo a la honestidad de un pueblo que muestra su historia tal como es, sin tapujos ni pretextos, con objetividad, solvencia moral y buena memoria. El Museo Histórico de Rusia, emplazado en la Plaza Roja de Moscú, a pasos del Kremlin, es un buen ejemplo. Sus colecciones, que atraen el interés de millones de visitantes de todo el mundo, no buscan interpretar las circunstancias políticas o ideológicas que les dieron origen. Se presentan, simplemente, como son y como fueron, sin subterfugios partidistas ni acotaciones temporales que las adulteren. Muy distinto al "Museo de la Memoria" inaugurado en Chile hace dos años, cuyos promotores mendigan ingentes recursos fiscales para sostener la pobre convocatoria de su arbitraria muestra. Los socialistas chilenos copiaron los defectos de su "hermano mayor", pero han sido incapaces de emular esta virtud de la Rusia post-soviética: su buena memoria.


       Los rusos enfrentan el gran desafío de vivir con libertad, derecho que ha sido ferozmente vulnerado a través de su historia. Saben lo que esto significa y no quieren olvidarlo. Se ha dicho que cada país tiene dos historias:  la oficial y la verídica. Rusia optó por la segunda.   ARL

viernes, 20 de mayo de 2011

COLETAZOS DEL MUSEO ARTS ET MÉTIERS


Nota del Editor: Con motivo del blog anterior "Arts et Métiers: un gran museo", hemos recibido el siguiente comentario de María Gloria Ríos Larrain. Agradecemos su contribución.

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         "De tu visita al Arts et Métiers, me detengo en la Ley del Péndulo.

         "Esta ley esclavizante es parte de la evolución de las civilizaciones y de la vida. Hasta en el corazón existe una sístole y una diástole. Los museos de Europa exponen obras realizadas en períodos fecundos del pensamiento, la ciencia y el arte, pero hoy comprobamos la decadencia del viejo continente... hasta que en algunos años más (ojalá podamos verlo) el péndulo vuelva a oscilar marcando apogeo y gloria.

         "Pero seamos realistas. Estamos inexorablemente sometidos a las normas del péndulo y, por lo tanto, aceptémoslas sin menospreciar la enseñanzas del "lustrín" que también tienen su razón de ser, fuere como expresión de arte manual o simple mecánica. Las "universidades lustrín" dan asistencia técnica y soluciones para que otros puedan ejercer sus talentos naturales. Es el batallar de las antítesis y en esta lucha el lustrín cumple su función. La educación escolar es incompleta, no porque enseñen materias inservibles -¿acaso tiene certeza algún niño de cuál será su dedicación en el futuro?- sino porque debe ajustarse a la preparación integral necesaria cuando el péndulo se contraiga. Actualmente, los chinos fabrican lustrines que venden por docenas y a precio de huevo en la Rue Chapon de París, pero en nuestros tiempos de estudiantes la cosa era muy distinta.

         "El péndulo puede permitir que Europa vuelva por su fueros, altiva, culta y creadora. Pero no es fácil predecir lo que vendrá. Aún en estos tiempos de incertidumbre y conflicto, los europeos rehúsan fabricar lustrines y bordar puñetas, prefiriendo importar mano de obra colorinche. Sólo Austria, sin complejos, continúa haciendo trabajos menores y es uno de los pocos países europeos, quizás el único, que conserva casi intacto sus orígenes y tradiciones.

          "Pero de tanto pensar en la la Ley del Péndulo he terminado proponiendo la del Lustrín...

                        María Gloria Ríos Larrain"

jueves, 19 de mayo de 2011

"ARTS ET MÉTIERS": UN GRAN MUSEO

       Por Alfonso Ríos Larrain    
       
          Escribo desde París, primera etapa de un viaje que incluye tres países europeos. He visitado esta ciudad en varias oportunidades, pero no había dedicado al Conservatorio Nacional de Artes y Oficios ("Musée des Arts et Métiers") el tiempo que merece. Hoy lo hice en un recorrido de cuatro horas, interrumpido por un sandwich y una bebida en la cafetería emplazada sobre el patio adquinado del mismo museo.

          Durante las primeras horas, me uní a un grupo de escolares bretones monitoreados por una guía muy buenamoza que relataba la destrucción de la iglesia primitiva por la invasión normanda y la reconstrucción en el mismo lugar del monasterio Saint Martin des Champs ordenada por Enrique I en el siglo XI, guardando para él los terrenos circundantes... ¡Capricho de reyes!  Siglos más tarde, durante la Revolución y la sangrienta tiranía de Robespierre, el monasterio fue refugio de colecciones privadas muy valiosas cuyos dueños procuraban salvar del saqueo generalizado. Terminado el terror que laceró espiritual y materialmente a Francia, el abad Grégoire planeó la creación de un conservatorio de tecnología adyacente al monasterio: recicló máquinas, utensilios y maquetas, e incorporó las colecciones que Jacques Vaucanson había donado a Luis XVI en 1782. Consciente del inestimable patrimonio que tenía en sus manos, Grégoire dio forma a un museo con fines didácticos, estimulando todos los géneros de arte y oficios que consideró útiles para el reconstrucción y desarrollo de su país. La exposición de decenas de miles de objetos expuestos en salas acogedoras, ordenadas con sencillez y armonía, dan cuenta del ingenio y creatividad de artesanos, científicos y artistas cuyo talento fue, es y será siempre motor del progreso.

          Muchos objetos llamaron mi atención. La verdad, casi todos. Unos, por su complejidad o sofisticación que superan mis limitados conocimientos de algunas ciencias. Aunque suene a disculpa, recordé nuevamente la malla curricular obligatoria del Ministerio de Educación chileno que forzaba enseñanzas tan "prácticas" como empastar libros, fabricar lustrines o memorizar el aparato reproductor de moscas, ratones y guarisapos (en los colegios de niñas enseñaban a bordar y eran expertas en madejas y pespuntes), pero muy poco de arte y filosofía, arreglar una panne elemental de auto o aplicar primeros auxilios en caso de urgencia ¿Habrá algún cambio positivo desde entonces? Me temo que muy pocos. Otros, por la época en que dichos objetos fueron concebidos, demostrando una vez más que el desarrollo de la humanidad es consustancial al individuo: remolón cuando se coartan sus derechos fundamentales y prolífero cuando tiene libertad. Un buen ejemplo de que la fuerza puede dilatar el progreso pero jamás detenerlo es el "eppur si muove" ("y sin embargo se mueve") murmurado entredientes por Galileo, luego de ser forzado por la Inquisición  para que  abjurara  de  sus  teorías acerca del movimiento de la tierra, amenazándolo con torturas y cadena perpetua. La ciencia demostró que las amenazas irracionales postergan el conocimiento de la verdad, pero no la cambian. 

          Pero lo más conmovedor en este museo es la exaltación implícita de la mente humana, de la razón, la inteligencia, la capacidad indómita del hombre para crear belleza, bienestar y acceder a mayores grados de felicidad. La mayoría de los objetos están expuestos en progresión histórica encadenada con la génesis, perfeccionamiento y actualización del invento científico, artístico o tecnológico pertinente. El péndulo que León Foucault construyó para demostrar la evidencia de la rotación de la Tierra (1851), cuya esfera oscila inagotable en la iglesia Saint Martin des Champs, es todo un símbolo del museo: siglos de luces y de sombras, de tiranía y libertad; de pobreza, resignación y grandeza. Cuentan que un niño, al observar la esfera que iba y venía, intentó detenerla con sus manos. Le advirtieron que no podía hacerlo. Inocente, el infante retrucó: "¡Entonces que lo haga un grande!". ¿Seremos capaces los adultos de alejar esta esfera de la esclavitud y que el péndulo oscile entre polos de libertad?  ARL

viernes, 13 de mayo de 2011

TESTIMONIO DE UN LIBERAL

Nota del editor:
Extracto del discurso pronunciado por el economista español Pedro Schwartz (76) al recibir el "Premio de Economía Rey Juan Carlos". Madrid (España), 16 de noviembre de 2010
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       "Su Majestad:

      "Cursaba el segundo año de Derecho cuando participé en las protestas estudiantiles de febrero de 1956 que organizaron muchachos comunistas, hoy arrepentidos de su desplazado radicalismo. Me involucré en esas manifestaciones como parte de un círculo liberal esperanzado de ver una España democrática, templada por el poder arbitral de un rey. No imaginaba el terremoto que esas protestas causarían en mi vida. No sólo enfrenté dos procesos penales y, más tarde, el extrañamiento, sino la oposición del Gobierno para que yo pudiese entrar al servicio diplomático. Pero mi padre me compensó generosamente financiándome cinco años de estudios de doctorado en la London School of Economics (LSE). Me convertí, así, en un historiador del pensamiento económico.
 
      "Aún estudiante de Derecho, vi en una librería de Madrid un libro cuya portada me llamó la atención. El título: "La sociedad abierta y sus enemigos"; el autor: Karl Popper. La cubierta mostraba los retratos de tres de esos enemigos: Platón, Hegel y Marx. Su lectura me dejó confundido: ¿enemigos esos grandes pensadores por los que tanta admiración sentían mis profesores y compañeros de convicciones democráticas?
 
       "Ya inscrito en la LSE, caminaba un día al refectorio y en la puerta de un despacho leí un letrero que decía: «K. R. Popper». Sin dudar llamé a la puerta y pregunté a la mínima figura sentada tras el escritorio: «¿Es usted el autor de "La sociedad abierta y sus enemigos"?» Me contestó que sí y le pedí permiso para asistir a sus clases de filosofía y metodología. Empezaba mi crucial período de formación en lógica y teoría del conocimiento.
 
      "Suspendí un año y medio el estudio de materias económicas para dedicarme a la filosofía, distracción que agradezco porque considero que la falta de conocimientos filosóficos es la causa principal de los bandazos y mal dirigidos entusiasmos de muchos de mis compañeros. Un pequeño resultado de esa colaboración con el maestro Popper fue mi traducción de "La miseria del historicismo", trabajo que dio inicio a mis esfuerzos para que Popper fuera conocido en España. 
 
      "Conseguí que mi supervisor de doctorado fuera el gran Lionel Robbins, pronto elevado a Par del Reino. Lord Robbins no era sólo un famoso maestro de teoría económica; era, también, un destacadísimo cultor de doctrinas económicas y muy exigente en materias de precisión histórica. Había trabajado con Keynes y tuvo buena amistad con Schumpeter. Estimaba necesario familiarizarse con los autores del pasado y que se les juzgara científicamente. Saber colocar a cada autor en su tiempo y evaluar sus aportes científicos, es lo que fascina y da utilidad a la historia del pensamiento económico.
 
      "Fue Popper quien me sugirió hacer mi tesis sobre John Stuart Mill, cuya teoría del conocimiento él valoraba en su justa dimensión. Al final, me incliné por el estudio de la nueva economía política de Mill, bastante alejada del capitalismo puro de su padre y de David Ricardo. Con mi tesis y el libro que de ella resultó, atribuí a Mill (creo con justicia) el inicio de mi concepción del liberalismo. Él creía posible dividir la economía política en dos campos: uno, el de las leyes de la producción de riqueza en un mercado libre, normas necesarias de obedecer si se busca la prosperidad de un país; el otro, el de una justa distribución de lo producido, facilitando reformas institucionales que favorezcan a los trabajadores y a las mujeres. Por un lado, era preciso fomentar la productividad y la competencia; por el otro, acabar con la discriminación de clase y de sexo. La propuesta de Mill, que distingue reglas de producción y modos de distribución, es el origen de las versiones más moderadas del socialismo económico que conocemos hoy ¿Quién no ha oído a los socialdemócratas de turno que para repartir es previamente necesario producir? Si agregamos la idea, también de Mill, de que la felicidad de los individuos es el criterio para juzgar la perfección de las sociedades, tenemos como resultado el Estado de Bienestar.
 
      "Los fabianos en Inglaterra o los liberales de Sagasta y Alba en la España de comienzos del siglo XX; Franklin D. Roosevelt en los Estados Unidos, tras la gran depresión prolongada por su New Deal; también Keynes y Beveridge, cuando preparaban la paz para después de la Segunda Guerra Mundial; todos ellos oían voces liberales en el aire, pero en realidad no hacían sino repetir lo escrito por Mill un siglo antes, desde su despacho de la East India Company ¡Así de importante son las ideas!
 
      "De vuelta a España, escribí otra tesis doctoral, pues la inglesa no era reconocida por las autoridades de España. El tema que elegí fueron las teorías de la población de Malthus. En este punto, también he cambiado de opinión. Esa tesis que presenté en la Universidad Complutense de Madrid, estaba motivada por el temor de que la humanidad, multiplicándose sin freno, quedase atrapada en la trampa de la malthusiana superpoblación. También por influencia de Mill, llegué a pensar que era necesaria una política pública para contener el crecimiento desbocado de la población, especialmente en los países en vías de desarrollo. Una versión más actual de esta creencia malthusiana es la convicción del próximo agotamiento de los recursos naturales sostenido por el Club de Roma y, de otra forma, por los agoreros del cambio climático. Ahora, y sobre la base de evidencias teóricas y estadísticas, creo que el número de hijos puede y debe dejarse del todo a elección de los progenitores. Con un lapso que a veces se nos antoja eterno, los individuos han sabido adaptar el tamaño de sus familias a lo que mejor pueda convenirles a ellos, a sus hijos y a la sociedad, salvo cuando interfiere el Estado, como ocurre en China. No publiqué esa tesis y ahora estoy preparando una versión ampliada que titularé "¡Malthus destronado!".
 
      "Como se verá, este no fue el único cambio de opinión en mi vida. En el país de «sostenella y no enmendalla», las retractaciones minan el prestigio. Hay dos maneras de cambiar de opinión. Una es la de Keynes. En cierta ocasión alguien le reprochó defender lo que había criticado. Keynes replicó: «Cuando cambian las circunstancias, cambio de opinión. ¿Usted no?». Es conocida la queja de Churchill: "Cuando pido opinión a tres economistas me dan cuatro: dos de ellas son de Keynes". La otra, más digna, es cambiar de opinión no para adaptarla a las circunstancias, sino por creer que la primera es falsa en todas las circunstancias.
 
      "Terminado el extrañamiento que se me impuso (1969), obtuve la cátedra de Historia de las Doctrinas Económicas en la Universidad Complutense de Madrid. El que se convocara a concurso y yo lo aprobara, siendo, a juicio del Gobierno, persona non grata en Madrid y en su principal universidad por mis actividades políticas, es un indicio de que muchas veces se exagera el autoritarismo del régimen de Franco.
 
      "Tuve mis primeras dudas sobre el ideario socialdemócrata cuando trabajé en el Servicio de Estudios del Banco de España. Buscábamos con pasión aumentar la racionalidad y mejorar el funcionamiento del sistema financiero con modelos keynesianos y, al mismo tiempo, con instrumentos monetaristas. Esta evidente contradicción ahondó mis dudas, preguntándome sotto voce por qué seguía soñando con una política social tan ineficiente. ¿Era este el criterio de eficiencia para conducir la política económica? Puestos en la tesitura de elegir ente libertad o seguridad, ¿no sería mejor ser pobre que siervo? Estas y otras preguntas me llevaron nuevamente a la London School of Economics (1972) para cursar un master de economía que me diera una respuesta convincente.
 
      "Las enseñanzas recibidas en ese curso me hicieron abandonar cualquier atisbo de socialismo liberal y adscribir el individualismo capitalista. De nuevo tuve suerte con mis maestros. Mis profesores no me adoctrinaron al unísono. Por el contrario, aprendí microeconomía con Alan Walters, teoría del dinero con David Laidler y seguí con atención las seductoras enseñanzas de Amartya Sen. Y para que se entienda bien el choque de ideas al que fui sometido, recuérdese que Walters fue uno de los consejeros más directos de Margaret Thatcher cuando ella alcanzó la jefatura del gobierno británico en 1979. Laidler, por su parte, era un monetarista coherente y convincente. Gracias a sus lecciones me convertí a distancia en discípulo de Milton Friedman. Sen, por el contrario, nos hablaba de cómo maximizar una función de bienestar social, en la que "la igualdad" era el supremo valor de la acción social. Las clases de Sen eran casi hipnóticas. Durante dos horas, llenaba la pizarra con derivaciones lógicas sin que sintiéramos cansancio alguno. Me trató siempre con gran respeto, pese a que me sabía opositor a sus doctrinas paternalistas y, a la postre, colectivistas. En mi reciente libro "En busca de Montesquieu", he presentado a Hayek y a Sen como los campeones de dos conceptos antitéticos de la libertad individual: la que cifra la libertad en la posibilidad de decir «no» al poder político y la que sólo la concibe con recursos suficientes para ejercerla. Una lleva al Estado mínimo; la otra, al Estado de Bienestar. Mi conclusión es que Hayek sale victorioso.
 
      "Mi aprendizaje con Friedman, como con Hayek, se inició a través de las clases impartidas por sus discípulos y la lectura de sus libros. Tuve la fortuna de trabar amistad con ambos, sosteniendo largas conversaciones en diversos lugares del mundo, por lo que puedo decir que fueron mis maestros al estilo peripatético de la Academia de Platón. Friedman es el mejor polemista que he conocido. Exquisitamente cortés, una inmensa sonrisa hacía aún más acerados sus argumentos. Los que no podían rebatir sus razones se rebajaban acusándole de ser el consejero áulico del general Pinochet, con el que sostuvo una conversación de tres cuartos de hora con intérpretes, seguida de una carta de dos páginas. Sin embargo, esos detractores "amantes de la libertad" no protestaron por las visitas de Friedman a los jerarcas de la China comunista. Recuerdo muy especialmente la vez que le acompañé a Hong Kong, cuando realizó su película para la serie «Libertad de elegir». Una vez difundida esta serie en el mundo de habla inglesa, conseguí (gracias al apoyo político de Joaquín Garrigues) que se emitiera por Televisión Española en 1981. ¡Eran otros tiempos! Valdría la pena volver a verla para admirar su capacidad de comunicar verdades oportunas e incómodas, incluso para hoy.
 
      "Cuando estaba terminando la redacción de mi tesis sobre Mill, leí por primera vez "La constitución de la libertad"  de Hayek: me sobrecogió la coherencia de su crítica al Estado democrático de Bienestar. Tardé tiempo en aceptar la lógica de sus argumentos y terminé convencido de que se trata de uno de los más grandes libros de filosofía política en la historia de Occidente. Luego colaboré con él  en su defensa al sistema de monedas privadas y competitivas, y formé parte del grupo que le ayudó a editar su último libro, "La fatal arrogancia". Hayek no era sólo una atleta de las ideas, sino además un gran escalador  de riscos, como Termes, otro gran liberal. Recuerdo con qué prisa subía las empinadas gradas del Machu Picchu siendo octogenario. 
 
      "No todo lo que aprendí fue en libros o en aulas. En Inglaterra fui testigo directo del fracaso terminal del laborismo en 1978: "the winter of our discontent", como lo llamó algún periodista lector de Shakespeare. El intento del gobierno de Callaghan de combatir la inflación instaurando una política de rentas y limitando las subidas salariales a un 5%, paralizó la vida británica: hubo huelgas de conductores de camiones, de autobuseros, enfermeras, sepultureros, empleados del ferrocarril, recogedores de basuras, etc., y los mineros amenazaban con repetir sus paros. Incluso, se restringió el suministro eléctrico a la industria tres días por semana. Era muy claro que los laboristas no habían leído las causas monetarias de la inflación previstas por Milton Friedman.
 
      "Las exitosas medidas adoptadas por Margaret Thatcher terminaron por convencerme de que la libertad era posible y necesaria. Antes de volver a España, colaboré en la edición de la correspondencia privada y algunas obras de Jeremías Bentham, filósofo utilitarista. Bentham siempre me fascinó, tanto por la lógica un tanto desequilibrada del utilitarismo, como por sus encantadoras excentricidades.
 
      "Pese a los cantos de sirena de Mill y Sen, fui acendrando mi liberalismo a través del estudio y de la observación. Ayudé a organizar la primera reunión de la Mont Pelerin Society en España (1978). Ese mismo año, con la siempre inestimable ayuda de Joaquín Garrigues, creé el Instituto de Economía de Mercado, un think tank procapitalista, a contrapelo del eclecticismo imperante en los años de los Pactos de La Moncloa. Gané un escaño como diputado independiente en las elecciones generales de 1982, enfrentándome con amigos que promovían la fundación de un Partido Liberal independiente. Mi opinión era distinta: estimaba que para tener algún efecto práctico en nuestra España tan instintivamente estatista, era necesario infundir el espíritu de la libertad económica en un gran partido de la derecha. Lo conseguido durante las dos legislaturas en que gobernó José María Aznar me dio la razón.
 
      "El estudio y la enseñanza de la Historia de las Doctrinas Económicas ha perdido peso en España durante los últimos años, por la creencia cada vez más extendida de que la economía no es más que una técnica y que los cultores del pensamiento económico somos meros historiadores. Leopold von Ranke insistió en que los historiadores tienen primeramente que estudiar el pasado (wie es eigentlich gewesen ist) como verdaderamente ocurrió. Es cierto que la búsqueda de la verdad completa de lo ocurrido es un ideal difícil de alcanzar, pero sin este anhelo por descubrirla el historiador se desorienta. Con la experiencia de los años, he ampliado esta visión de la historia del pensamiento económico incluyendo elementos recogidos de tres fuentes: 1) la crítica de la filosofía y metodología subyacente en las diversas doctrinas económicas; 2) el contraste de las doctrinas económicas con los datos brindados por la observación histórica y la estadística; y 3) el aprovechamiento de las lecciones de los grandes economistas del pasado para el mejor funcionamiento del libre mercado. El pensamiento económico, con ayuda de la filosofía y de la historia económica, puede ser de útil aplicación. Por eso, digo, debemos hacer historia de las doctrinas aplicadas.
 
      "Pese a los avisos y reconvenciones de los clásicos de la economía, empezando por Adam Smith y terminando por Robert Lucas, los gobiernos siguen preocupados de dirigir la política industrial y comercial de sus países, mientras los bancos centrales pretenden controlar el altibajo de los ciclos guardando un sospechoso silencio de los excesos cometidos por prestamistas públicos como origen de la reciente crisis.
 
      "El Presidente y el Congreso de los Estados Unidos de América se atrevieron con Wall Street, pero no con Fannie Mae y Freddy Mac, verdaderos creadores de las «hipotecas basura», y se les permitió crecer hasta tener hoy en sus libros más del 50% de todas las hipotecas del mercado en los Estados Unidos. Estallaron en 2007, arrastrando a casi todo el sistema financiero mundial y forzando su nacionalización. Es característica de las grandes intervenciones estatales aparentar sustentabilidad de largo plazo, pero luego fracasan estrepitosamente. Al mismo precipicio se encaminan los sistemas públicos de salud, pensiones y educación. Se descubre que son insostenibles años después de haber sido creados. Pero entonces el monstruo es incontrolable y lo único que se les ocurre a los políticos es sostenerlos a costa de recortar presupuesto a la policía, a la justicia y a la defensa nacional.
 
      "Pocas son las críticas dirigidas a Alan Greenspan por evitar cualquier amago de recesión manteniendo los tipos de interés nominales artificialmente bajos. Es revelador que la mayor parte de los reproches a su larga gestión como presidente de la Reserva Federal se refieran a su filosofía de laissez faire y no a su intervencionismo inflacionista. Si hubiere atendido a la historia del pensamiento económico, Wicksell le habría dicho que es imprudente mantener durante años el tipo de interés nominal por debajo de lo que se intuye como tipo real. Y, mucho más atrás, Martín de Azpilcueta en su "Comentario resolutorio de cambios" (1556) le habría enseñado que, tarde o temprano, el aumento de la cantidad de dinero se traslada a los precios y hace que la moneda pierda valor. También debió hacer caso a David Hume, quien advirtió que los precios de todas las cosas dependen de la proporción entre los bienes y el dinero (1752).
 
      "Como hemos dicho en un reciente estudio para el Parlamento Europeo, el plazo de traslación total del aumento de la cantidad de dinero a los precios ocurre en un lapso de nueve a diez años. Verdad es que un decenio resulta un tiempo demasiado largo para cualquier ministro de Hacienda o gobernador de banco central. «A largo plazo, todos muertos», dijo Keynes en un escrito de hace casi noventa años, emulando la frase de Juan Tenorio: «¡Cuán largo me lo fiais!», pues ansiaba satisfacer sus impulsos sin curarse del infierno que le esperaba. No es prudente rendirse al mero impulso de «algo hay que hacer» cuando ni siquiera se sabe las consecuencias que seguirán de inmediato y sí se pueden prever los resultados fatales de largo plazo. «De lo que no se puede hablar, mejor es callar» decía Wittgenstein. Sorprende, pues, que tras el desastre causado por el activismo de Greenspan y sus colegas europeos, aún hay bancos centrales empeñados en la «microgestión» del ciclo económico y en la creación de empleos con la política del tipo de interés. Prestan oídos a jóvenes economistas cuantitativos que malgastan tiempo y dinero en el intento de rescatar la antigua curva de Phillips, consignada por Friedman al limbo de las teorías olvidadas. Ahora la insertan en modelos neokeynesianos, con los que obtienen resultados que pronto se esfuman.
 
      "Habrán podido ver que este economista de larga trayectoria no ha dejado de predicar, de enseñar y de investigar. En años más recientes he buscado combinar la vida académica con la vida práctica. He sido creador o partícipe de varios think tanks para la defensa de la economía de mercado, con éxito desigual, pues la sociedad española es muy poco dada a financiar centros de opinión verdaderamente independientes. Sigo presente en los medios para defender ideas que creo positivas, aunque desentonen con la ortodoxia dominante. Pero mi principal dedicación ha sido la universidad: la Complutense, la Autónoma, la Saint Louis y San Pablo CEU. A todas he llevado mi Seminario de Cátedra, en todas he dirigido tesis doctorales y en todas he impartido enseñanza. He tenido la suerte de encontrar en el CEU una atmósfera propicia para quien, como yo, defiende la libertad individual y la iniciativa privada.
 
      "Espero que después de oír este relato de mis aventuras por el hermoso mundo de las ideas y el arduo mundo de la realidad, el jurado no se arrepienta de haber distinguido con tan preciado galardón a un economista disconforme".